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Trabajar en un cine: Cabinas de proyección

He empezado este post hablando de cómo algunas personas idealizan el trabajo en un cine y reconozco que he tenido que guardar la entrada en borrador para otra ocasión, ya que me estaba desviando del tema que quería tratar aquí. No me había dado cuenta, pero este tema, la idealización, da para mucho.

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En fin, a lo que iba. La imagen que la mayoría de las personas tiene de las cabinas de cine suele ser de un lugar pequeño, oscuro y lúgubre, donde un operador prepara las películas, trabaja con ellas y las proyecta (espero contaros este proceso algún día). Esta imagen se nos ha transmitido, supongo, a través del propio cine y es lógico ya que guarda un encanto dramático obvio. Digamos que lo que vemos en Cinema Paradiso es cierto, o al menos lo fué hasta que los cines tradicionales empezaron a desaparecer o a modernizarse. Las cabinas eran habitáculos reducidos en los que un operador debía ingeniárselas para trabajar en silencio, de forma incómoda y totalmente solo. No es casualidad que en este sector se encuentre uno de los índices más altos de alcoholismo. Imaginen una jornada completa de trabajo, solo, casi a oscuras, currando hasta bien entrada la noche y con mucho tiempo sin nada que hacer. Al parecer, el alcohol era una forma perfecta para evadirse.

Hoy en día, con la llegada de los multicines, las cosas han cambiado. A pesar de que las nuevas tecnologías nos hacen la vida más fácil, el operador tiene más trabajo que nunca ya que, como es evidente, no es lo mismo lleva una máquina que diez ni hacer tres pases que cinco. Por otro lado, el incremento de salas ha obligado a que las cabinas crezcan, algunas de ellas de forma descomunal, convirtiéndose en verdaderos laberintos llenos de escaleras, recovecos y puertas. A pesar de ello, las cabinas están llenas de luz lo que permite realizar actividades, digamos, más culturales que la ginebra. Los operadores de hoy en día no deberían aburrirse y la lectura, por ejemplo, es dieta habitual en ellos. Además, dependiendo del número de salas, no suelen estar solos.

Les diré que este post surge como excusa para poder mostrarles otro de los entretenimientos a los que se dedican los operadores: la tradición de decorar la cabina con material sobrante. Con ello pretendo que, cuando se metan en una sala, puedan imaginar con mucha más precisión qué es lo que hay encima de ustedes. Así que aquí les dejo algunas imágenes de la cabina que hay en mi trabajo. Que las disfruten tras el salto.
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Trabajar en un cine: Medidas antipiratería

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Este post viene motivado por una entrada que ayer mismo leí en Blog de cine en la que Juan Luis Caviaro nos contaba con cierta estupefacción y no poca sorna la noticia que había hecho pública la MPAA, ese organismo censor norteamericano que, a pesar de los tiempos que corren, sigue con su tradición de dar por saco pasando la lupa por todas las películas que se hacen, no solo para calificarlas sino también para evitar cualquier mensaje inapropiado. En cualquier caso, la nota de prensa a la que se refería Caviaro en su artículo se hablaba de las medidas que el organismo había tomado para contrarrestar la práctica, también histórica, de la grabación en las salas de cine para su posterior uso comercial.

Juan Luis Caviaro, en su post, explica cómo la MPAA ha anunciado con orgullo “el arresto de 461 presuntos “piratas de películas” (“movie pirates”), de los cuales 56 fueron capturados mientras usaban una cámara de vídeo en un cine”. También habla de que “los trabajadores de los cines en Tailandia están usando ahora unos visores especiales para detectar a los piratas en la oscuridad de la sala” y que “se está entrenando a los responsables de los cines para identificar cámaras de vídeo”. Ahí es donde entro yo.

Lo curioso de todo esto es que al leerlo así, de pasada, a uno le suena más a fantasmada que a otra cosa. De hecho, la primera pregunta que me asalta al leerlo es: ¿cuándo te dan las gafas de visión nocturna? ¿Te las da tu jefe cuando firmas el contrato o vienen en una cajita de seguridad con la película? ¿Son como las del Splinter Cell o se parecen más a la máscara de Predator? El caso es que todo esto es cierto y no se lleva a cabo tan solo en los USA o en Asia, como afirma el artículo, sinó también en nuestro país y supongo que en la mayoría. Las distribuidoras pretenden que se tomen ciertas medidas en las salas, que luego se haga es otro cantar, al menos todo lo que pretenden. Me explico.

Buscando un poquito se pueden encontrar por ahí algunos textos que dichas distribuidoras suelen enviar a las salas cuando se acerca un estreno especialmente interesante. Suelen llegar con secuelas de franquicias de demostrado éxito o estrenos con un desproporcionado y caro despliegue de marketing que, siempre en teoría, reventarán la taquilla y harán las delicias de los grabadores en la penumbra. Releyendo esos textos, con instrucciones para los trabajadores de los cines, uno no puede dejar de asombrarse de las cosas que se pueden llegar a pedir amablemente, solicitar con diligencia e incluso exigir sin más. Aquí unos ejemplos que me han hecho gracia:

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Trabajar en un cine: El caso del padre cachas

Domingo, cuatro de la tarde, acabamos de levantar las persianas del cine y un grupo de gente ya espera para entrar. Hace una tarde calurosa pero el sol no termina de salir. La amenaza de la lluvia unida al bochorno y la humedad invitan a la gente a refugiarse bajo el aire acondicionado del centro comercial. La mayoría de ellos llegan en shorts, tirantes y chanclas de dedo así que me adelanto a las quejas y entro al despacho a subir un poco la temperatura del hall. Cuando vuelvo a salir algo en la barra me llama la atención. Una niña de unos once años lleva algo en su regazo, juraría que blanco y peludo. Lo he visto de refilón y ahora la niña está de espaldas. ¡Maldición!

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El adulto que la acompaña, su padre, supongo, es un hombre de unos treinta y tantos al que a juzgar por lo ajustado de su camiseta, le gusta demostrar que además de alto está mazas. Con su gorrita blanca y sus pantalones vaporosos parece un gogó o un stripper. Probablemente sea ambas cosas. Mientras oteo desde la distancia lo que lleva la niña en brazos veo que el hombre, con una sonrisa de medio lado, pide a la empleada de barra un cartón de palomitas grande y dos bebidas medianas. El pedido se le sirve y junto en el momento en que el hombre lo coge haciendo gala de sus bíceps y su socarronería ante la perpleja empleada, la niña se gira y lo veo. ¡Es un hurón albino! Sí, un hurón blanco con los ojos rojos. La niña lo acaricia con cariño mientras le habla. Seguro que es la primera vez que va al cine. El hurón, digo.
No quiero adelantarme, a lo mejor solo han entrado a comprar palomitas y se van a casa. Pero no, el hombre, la niña y el hurón se dirigen a la entrada de las salas. Salgo corriendo hacia allí y llego en el momento en que el acomodador le está diciendo al cachas que el animal no puede entrar. ¿Cómo que no?, dice el otro. Me cruzo y con una sonrisa le digo que no se trata solamente de una norma del cine ya que la entrada de animales no está permitida en todo el centro comercial. El tipo poniéndose nervioso me dice lo de siempre, que él no ha visto que haya ningún cartel y que le da igual, que él va a entrar de todas maneras. Le insisto en que no puedo hacer nada y le digo que lo siento mucho pero que no es posible. A todo esto, la gente se empieza a acumular tras él y a medida que se percatan de la presencia del animal van poniendo caras. Empiezo a oír comentarios del tipo “como dejen entrar el bicho es para denunciarlos” o “si entra la rata que nos devuelvan el dinero”.
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Trabajar en un cine: Cómo sacar de quicio a un acomodador

Visto desde fuera, el trabajo del acomodador puede parecer un chollo, pero cualquiera que haya trabajado en un cine sabe que solo es un chollo hasta cierto punto. Otro día hablaré de los beneficios colaterales que conlleva este trabajo, pero hoy diré que es un trabajo que puede quemar, estresar y desquiciar hasta al más tranquilo de los humanos.

Y es que, cuando vamos al cine, olvidamos que la gente que trabaja allí está, precisamente, trabajando, y nosotros solo somos uno más de los miles que pueden pasar ese día por taquilla. Y hay que ver lo que nos gusta hacernos los graciosillos.

He recopilado aquí una serie de frases, preguntas y gracietas que los espectadores suelen hacer a los acomodadores y que, evidentemente, a ellos no les hacen ninguna gracia. Si pongo precisamente estas gracias es, a pesar de lo que pueda parecer, porque son las que más se repiten. Y los que las hacen se creerán ingeniosos.

Para entrar a la sala y al solicitar la entrada:

  • Ah, ¿pero no es gratis? (Entrando tranquilamente sin dar la entrada)
  • A éste no le dejes pasar (refiriéndose a otro que viene con él)
  • ¡¡Que me cuelo!!
  • ¡Toma una palomita! (Acercándosela a la boca)
  • ¿Si no me gusta la película me devuelves el dinero?
  • Pero no me la rompas (la entrada), que la he pagao.
  • Pues ésto es lo que me han dado en taquilla (entregando un ticket de Mercadona, el envoltorio de un chicle o cualquier otra cosa absurda).
  • ¡Oggh!, qué uniforme más horroroso.

Dentro de la sala y acomodando:

  • ¿Me dejas la linterna?
  • Seguro que te pasas el día viendo películas.
  • Anda, recoge eso que hay que ver cómo tenéis ésto. (Justo después de que uno de sus amigos tire palomitas al suelo)
  • ¡Toma!, ya se ha ido la luz. (Cuando se apagan las luces para que empiece la peli)
  • ¡Eh, el de la bici! (Haciendo alusión a la linterna)
  • ¿Ha empezado ya? (Con el PROXIMAMENTE de un trailer en la pantalla)
  • ¡Esta ya la he visto! (En cuanto sale la promo de la productora o la distribuidora)
  • ¡Qué rollazo! (Al minuto de empezar la película)
  • ¡¡Que pongan la película desde el principio!! (El que llega tarde)

Otro día, las taquilleras.


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