¿Qué opináis vosotros de esas camisetas que llevan impreso el dibujo de un esmoquin? Nunca me han gustado. No me hace gracia esa broma fácil de “es verano y voy elegante”. Me parece una chorrada. Pero ¿y si alguien inventase una camiseta que se pudiese llevar en la playa y en un coktel sin que nadie se escandalizase? Un Shirtsmoking.
Hace unos veinte años a alguien con mucho talento y probablemente una gran capacidad de síntesis se le ocurrió algo parecido, un juguete con un tipo de versatilidad nunca vista hasta el momento. La idea era que un robot superarticulado -idea ya de por sí de sobra interesante para los niños- se pudiese convertir en un juguete secundario como un coche o un avión y que este funcionase como juguete independiente. La compañía que llevó al mercado este producto fue Takara y los robots transformables se llamaron Diaclones. El éxito, sobre todo en Japón y USA fue inmediato.
Hasbro, la segunda empresa juguetera más importante del mundo gracias a juguetes como Mr. Potato, G.I. Joe o Micromachines vio negocio en la idea de los Diaclones y enseguida llegó a un acuerdo con Marvel para crear una serie animada y todo su merchandising que se llamaría, ahora sí, Transformers.
Transformes se convirtió en una de las series de dibujos animados de referencia en los 80 y llenó los hogares de todo el mundo, muy especialmente los americanos y los japoneses, de muñequitos que se transformaban en diferentes objetos. El diseño de estas figuras no deja de sorprenderme a día de hoy. Existían diferentes gamas, desde las más baratas en las que los diseños eran mucho más sencillos y las figuras más pequeñas, hasta la gama de lujo en que el cuidado de todos los detalles era absolutamente abrumador. Mi hermano, sin ir más lejos, tenía a Jetfire, un Transformer de primera generación que se convertía en un alucinante caza. Si no me equivoco, hasta los Transformes más baratos y más simples, se transformaban.
Los Transformers, como no podía ser de otra manera, tuvieron competencia en el mercado, si es que se le puede llamar así. Los Gobots eran un sucedáneo de Transformers mucho más cutres, simples e infantiles. También tuvieron una serie producida por Hannah-Barbera que duró una temporada. Pero hasta los muñequitos de los Gobots, por muy oportunistas y baratos que fueran, se transformaban. Incluso tenían su gracia.

El otro día, mientras desayunaba y miraba los anuncios de juguetes que en verano suelen inundar las televisión matutina, pude ver, no sin cierta emoción, que anunciaban los nuevos Transformers, basados en los diseños de la película. Ya me mosqueó que no transformasen a los robots en los vehículos correspondientes para, finalmente, darme cuenta de que no se transformaban. Solo representaban a los personajes robotizados. La transformación debe ser cosa de las películas. No me hizo mucha gracia, la verdad. Por la noche se nos ocurre irnos a cenar al Burguer King y cuál es mi sorpresa cuando descubro que los juguetitos que regalan en el Dirverking son de Transformers. Yo pedí mi acostumbrado y poco saludable Big King XXL y Ruth, como siempre, su Diverking. Con los nervios a flor de piel por ver qué juguetito nos había tocado asistí boquiabierto a uno de los mayores fraudes de la era del consumo. En lugar de un robot transformable, dentro del envoltorio de plástico había una furgoneta amarilla, Ratchet, que hacía las veces de caja. En su interior había un pequeño robot sin mucha gracia. No exagero si digo que me sentí insultado. Incluso una figura por piezas que montada de uno u otro modo hubiese dado como resultado una u otra cosa habría sido mejor. Infinitamente mejor. Uno tiende a pensar que el presupuesto destinado a los juguetes de los Diverking es muy reducido y no se pueden permitir incluir un Transformer que se transforma. Sinceramente, para mí eso no es excusa. Prometen un esmoquin con el menú y nos dan una camiseta.

Como en una ironía existencial el producto creado hace 20 años que deslumbra por su originalidad y su carisma (sí, yo creo que los productos también pueden tener carisma ¿qué pasa?) es víctima de la entropía y va desapareciendo con el tiempo aunque su recuerdo quede indefectiblemente impreso en esa porción infantil de los niños que lo amaron y que hoy en día son adultos. Con el tiempo, la rueda da la vuelta, vuelve al principio y estos robots regresan reciclados pero también autofagocitados y regurgitados como algo absolutamente carente de gracia, sentido y, lo que es más grave, personalidad. El Transformer pierde su esencia y acaba, finalmente, transformado en el producto más corriente y vulgar, un muñeco de plástico que, como mucho, mueve brazos y piernas y lanza algún misil.
Puede que no tenga mayor importancia, puede que este pataleo resulte exagerado pero creo que en el afán de ganar dinero debería haber cierta honestidad que desgraciadamente veo desaparecer con descaro y mofa. La tecnología ha avanzado, obvio, y lo podemos ver en la propia película de Michael Bay en la que los robots son más complejos y reales que nunca y en donde la publicidad situacional es usada con cierta gracia haciendo que un Nokia o una XBoX muevan sus piezas para convertirse en un robot. Sin embargo, en el terreno de los juguetes, ese del que surgen originalmente estos personajes, parece como si hubiese una dejadez que indica que con menos se puede ganar más y en la que no importa que algo tan original y divertido como los Transformers pierda la esencia de su propio nombre y con ello el sentido. Y no puedo evitar sentirme triste.
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